domingo 29 de marzo de 2009

El tambor calla, y la razón toma la palabra

Quitar a Wellington y a Blücher la fama de Waterloo, ¿es quitar alguna cosa a Inglaterra y a Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra ni la augusta Alemania tienen nada que ver en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes sin necesidad de las lúgubres aventuras de la espada. Ni Alemania, ni Francia, ni Inglaterra depende de una espada. En esa época en que Waterloo no es más que un ruido de sables, la Alemania por cima de Blücher tiene a Goethe y la Inglaterra por cima de Wellington tiene a Byron. En la aurora de este vasto sol naciente de ideas, propio de nuestro siglo, tienen un esplendor magnífico Inglaterra y Alemania. Son majestuosas porque piensan. La elevación de nivel que traen a la civilización les es intrínseca, viene de ellas mismas y no de un accidente. Lo que tienen de grandeza en el siglo XIX no reconoce a Waterloo por origen. Sólo los pueblos bárbaros tienen súbitas crecidas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos con la borrasca. Los pueblos civilizados, sobre todo en el tiempo en que estamos, ni se rebajan, ni se elevan por la buena o mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano resulta de algo más que un combate. Gracias a Dios, su honor, su dignidad, su luz, su genio no son números que pueden poner a la lotería de las batallas esos jugadores que se llaman conquistadores y héroes. A veces una batalla perdida es un progreso conquistado. Cuanta menos gloria, más libertad. El tambor calla, y la razón toma la palabra. Es el juego del gana-pierde. Hablemos, pues, de Waterloo fríamente por ambas partes. Demos al azar lo que es del azar y a Dios lo que es de Dios. ¿Qué fue Waterloo? ¿Una victoria? No. Un escudo de armas.

Escudo ganado por Europa y pagado por Francia.

Los Miserables

Victor Hugo

2 que cuentan:

Jovekovic dijo...

De esta novela terrible por verídica, me atrevería a destacar este párrafo tan ajustado a nuestra época. Y es una mala cosa, por ha pasado más de un siglo y medio desde que fue escrito.
Leerla sería un ejercicio conveniente para nuestros políticos, para nuestros empresarios, para nuestros dirigentes sindicales, para el Papa de Roma, para todos ellos y para todos los que les ríen las gracias.

Besos***

Vandalia dijo...

Nuestros políticos no leen, de lo contrario, su capacidad para la comunicación y la oratoria sería sustancialmente superior. El caso del Papa de Roma no merece ni reflexión.

Besos***