viernes 8 de mayo de 2009

Pompeya

Hay una predisposición natural que nos empuja hacia lo bello en busca de, quizás, los paraísos artificiales baudelerianos que aquí, en el baldío cotidiano, no somos capaces de detectar. Es, pues, comprensible que, ante la presencia de aquellos objetos dotados de hermosura, ciertas personas experimenten una suerte de vértigo, una subyugación que tiene que ver también con la toma de conciencia de estar ante un elemento que ha sido objeto de admiración a través de los siglos. Se trataría, pues, de una mezcla de sensaciones, por un lado la emoción exenta de racionalidad y, por otro, la asunción de que estamos ante una obra maestra, de que nuestra mirada se ha posado en el mismo punto exactamente en el que se ha posado la mirada de la historia.
Esto, que ha sido catalogado de enfermedad psicosomática, se ha denominado Síndrome de Stendhal.

El deseo de estampar la planta del pie desnudo sobre la calzada posee una intensidad sólo comparable con el ardor de Paris hacia Helena. Palpar la piedra pompeyana a través de la piel es aproximarse al delirio, ese minucioso proceso -apoyar el breve espacio de los dedos, acomodar lentamente la planta en el calor de la piedra, posar el talón con firmeza- se convierte en un acto preñado de solemnidad, es una liturgia, una ceremonia. Después de hacer esto, la muerte no debería ser ya un hecho gravoso.

En Pompeya hay que deambular por las callejuelas, lejos de los grupos de turistas y las Nikon y los trípodes y las sandalias de cuero, a distancia de las voces, de las miradas y del rastro del presente. Entonces la ciudad comienza a inundarse, empieza a rebosar ritmos y pláticas en las aceras y sonidos de yunques y gritos de mercado y niños que lloran...

Entonces, el instante inmovilizado en el tiempo entorpece el juicio y oprime el pecho.

Rostros fugaces, palmadas fugitivas y risas en los atrios, aromas en los triclinios, carreras por los peristilos. Un hombre grita "¡Trigo!" en el foro, otros ya han colocado sus tenderetes y exponen animales, telas, legumbres, sal. Un pequeño grupo sale del templo de Apolo en dirección a una de las cinco puertas de la basílica, alguien tropieza, otro va hacia el lupanar.
Ocho ases con Gaia, cinco cuesta Appia, siete Vibia, tres Aula, dos ases Servia. Príapo sostiene su doble falo y las lobas, corderas de Venus, agasajan al visitante y lo manosean y le dicen cosas al oido mientras lo arrastran de la mano a las habitaciones pintadas de rojo y azul y amarillo. Hay cisnes y muchachas desnudas adornadas con gasas en los muros, hay escenas de sexo explícito (sodomía, masturbación, felación) e inscripciones con alardes, quejas, deseos, juegos de palabras, versos.

Más allá suenan cornos, aulos, cítaras, flautas, corren los niños hacia la música, corren con los pies llenos de alas de calle en calle, volando sobre los perros atados a los parapetos (cave canem), volando sobre el pavimento, esquivando al público del anfiteatro que ha visto morir a las fieras, saltando por encima de las fuentes de agua fresca y piedra blanca, brincando y entrechocándose y cayendo y llegando allá donde la música suena y hay tanta algarabía que parece día de fiesta.

El sol de medio día aprieta los puños. Un crío se ha caído y tiene sangre en la rodilla. Una esclava sale con un cántaro. Un hombre paga cinco ases para yacer con Appia. Comienza a llover tefra.

5 que cuentan:

Jovekovic dijo...

Pompeya debe ser un lugar hermoso de veras, dan muchas ganas de ir después de leer este post, sin reparar en los riesgos sthendalianos.
Besos***

1133k dijo...

Mi Pompeya particular es Atlante (o "Il Priggione") de Miguel Ángel. Me supera, puedo sentir todavía las punzadas en el estomago cuando lo recuerdo.

Un beso

Dara Scully dijo...

A Cat le gusta que sepas hacer barquitos de papel. No viene a cuento, pero quería que lo supieras.




un miau en bicicleta :)

Vandalia dijo...

Jove: Hay que ir. Y lo de los riesgos stendhalianos... tú deberías contar con ellos.
Mil besos*** y mucho ánimo.

1133k: Huy, huy. Los esclavos de Miguel Ángel son uno de mis iconos artísticos por excelencia. La primera vez que los vi me quedé absolutamente fuera del tiempo y del espacio. Sin palabras, 1133k.
Besitos, guapo.

Dara: Creo que por tu parte hay cierta afición a los elefantes de papel, si no me equivoco. Compartimos pasiones papirofléxicas.
Sé bienvenida, ésta es tu casa.
Un miau en globo.

Jovekovic dijo...

Gracias a ti. Besos***