Al mirarlo fijamente él desvía los ojos hacia el suelo y clava las pupilas en sus zapatillas de marca. Mientras le hablo seriamente, con su examen en mis manos, señalándole con el bolígrafo rojo todos los fallos, me recrimino a mí misma que no he sido capaz de salvarlo. No le he inculcado el amor por la lectura ni el interés por su propio idioma, no le he sabido mostrar la maravilla que se esconde detrás de la metáfora ni le he dejado perplejo con mis abundantes reflexiones (demasiado abundantes, pienso hoy) sobre los secretos que esconden las palabras. No ha querido participar en las historias colectivas que han escrito entre todos sus compañeros (en una de las cuales, un marciano vestido de Drag Queen encandilaba al primer presidente enano de la Casa Blanca), ni atendía a los cuentos de Roal Dahl que les leía los viernes, cuentos de miedo que ellos se empeñaban en ambientar cerrando las cortinas y apagando las luces. Fracaso total, pienso, no he sido capaz, no he podido con un chaval de quince años, con lo fácil que es, pienso, si Cortázar no falla, si los cronopios, si Los tres mosqueteros es infalible, si las espadas, si Eduardo Mendoza, si las trifulcas entre Quevedo y Góngora (trifulcas escenificadas por mí misma declamando sonetos como una posesa), si "fijaos bien, Odiseo dice "Nadie", ¿veis?", si los cíclopes, si Calipso, si Altazor y su paracaídas, si el Calila e Dimna, si los misterios de los copistas y sus monasterios llenos de sombras, si las dramatizaciones de los textos de Fernán Gómez, si los poemas de la Generación del 27 en clave de rap, si mi caja mágica con sus cartas llenas de personajes, si los corrales de comedias y sus anécdotas, si "mirad, es una primera edición, podéis tocarla", si "quiero que me digas qué te ha parecido, tú eres hoy el crítico", si todo eso no ha funcionado, ¿a qué altura de la película la he cagado?
IV Encuentro de edublogs en Getxo
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