miércoles 1 de julio de 2009

Autoevaluación

Al mirarlo fijamente él desvía los ojos hacia el suelo y clava las pupilas en sus zapatillas de marca. Mientras le hablo seriamente, con su examen en mis manos, señalándole con el bolígrafo rojo todos los fallos, me recrimino a mí misma que no he sido capaz de salvarlo. No le he inculcado el amor por la lectura ni el interés por su propio idioma, no le he sabido mostrar la maravilla que se esconde detrás de la metáfora ni le he dejado perplejo con mis abundantes reflexiones (demasiado abundantes, pienso hoy) sobre los secretos que esconden las palabras. No ha querido participar en las historias colectivas que han escrito entre todos sus compañeros (en una de las cuales, un marciano vestido de Drag Queen encandilaba al primer presidente enano de la Casa Blanca), ni atendía a los cuentos de Roal Dahl que les leía los viernes, cuentos de miedo que ellos se empeñaban en ambientar cerrando las cortinas y apagando las luces. Fracaso total, pienso, no he sido capaz, no he podido con un chaval de quince años, con lo fácil que es, pienso, si Cortázar no falla, si los cronopios, si Los tres mosqueteros es infalible, si las espadas, si Eduardo Mendoza, si las trifulcas entre Quevedo y Góngora (trifulcas escenificadas por mí misma declamando sonetos como una posesa), si "fijaos bien, Odiseo dice "Nadie", ¿veis?", si los cíclopes, si Calipso, si Altazor y su paracaídas, si el Calila e Dimna, si los misterios de los copistas y sus monasterios llenos de sombras, si las dramatizaciones de los textos de Fernán Gómez, si los poemas de la Generación del 27 en clave de rap, si mi caja mágica con sus cartas llenas de personajes, si los corrales de comedias y sus anécdotas, si "mirad, es una primera edición, podéis tocarla", si "quiero que me digas qué te ha parecido, tú eres hoy el crítico", si todo eso no ha funcionado, ¿a qué altura de la película la he cagado?

domingo 7 de junio de 2009

Song without words

- Quería decir. Yo quería decir que. Quería comentarte. ¿Sabes? A ver si me explico. Escucha. Sería bueno que te expresara. Te cuento. He de hablarte.
- ¿Sí?
- Pásame la sal.

domingo 17 de mayo de 2009

Benedetti

Adiós, poeta.

viernes 8 de mayo de 2009

Pompeya

Hay una predisposición natural que nos empuja hacia lo bello en busca de, quizás, los paraísos artificiales baudelerianos que aquí, en el baldío cotidiano, no somos capaces de detectar. Es, pues, comprensible que, ante la presencia de aquellos objetos dotados de hermosura, ciertas personas experimenten una suerte de vértigo, una subyugación que tiene que ver también con la toma de conciencia de estar ante un elemento que ha sido objeto de admiración a través de los siglos. Se trataría, pues, de una mezcla de sensaciones, por un lado la emoción exenta de racionalidad y, por otro, la asunción de que estamos ante una obra maestra, de que nuestra mirada se ha posado en el mismo punto exactamente en el que se ha posado la mirada de la historia.
Esto, que ha sido catalogado de enfermedad psicosomática, se ha denominado Síndrome de Stendhal.

El deseo de estampar la planta del pie desnudo sobre la calzada posee una intensidad sólo comparable con el ardor de Paris hacia Helena. Palpar la piedra pompeyana a través de la piel es aproximarse al delirio, ese minucioso proceso -apoyar el breve espacio de los dedos, acomodar lentamente la planta en el calor de la piedra, posar el talón con firmeza- se convierte en un acto preñado de solemnidad, es una liturgia, una ceremonia. Después de hacer esto, la muerte no debería ser ya un hecho gravoso.

En Pompeya hay que deambular por las callejuelas, lejos de los grupos de turistas y las Nikon y los trípodes y las sandalias de cuero, a distancia de las voces, de las miradas y del rastro del presente. Entonces la ciudad comienza a inundarse, empieza a rebosar ritmos y pláticas en las aceras y sonidos de yunques y gritos de mercado y niños que lloran...

Entonces, el instante inmovilizado en el tiempo entorpece el juicio y oprime el pecho.

Rostros fugaces, palmadas fugitivas y risas en los atrios, aromas en los triclinios, carreras por los peristilos. Un hombre grita "¡Trigo!" en el foro, otros ya han colocado sus tenderetes y exponen animales, telas, legumbres, sal. Un pequeño grupo sale del templo de Apolo en dirección a una de las cinco puertas de la basílica, alguien tropieza, otro va hacia el lupanar.
Ocho ases con Gaia, cinco cuesta Appia, siete Vibia, tres Aula, dos ases Servia. Príapo sostiene su doble falo y las lobas, corderas de Venus, agasajan al visitante y lo manosean y le dicen cosas al oido mientras lo arrastran de la mano a las habitaciones pintadas de rojo y azul y amarillo. Hay cisnes y muchachas desnudas adornadas con gasas en los muros, hay escenas de sexo explícito (sodomía, masturbación, felación) e inscripciones con alardes, quejas, deseos, juegos de palabras, versos.

Más allá suenan cornos, aulos, cítaras, flautas, corren los niños hacia la música, corren con los pies llenos de alas de calle en calle, volando sobre los perros atados a los parapetos (cave canem), volando sobre el pavimento, esquivando al público del anfiteatro que ha visto morir a las fieras, saltando por encima de las fuentes de agua fresca y piedra blanca, brincando y entrechocándose y cayendo y llegando allá donde la música suena y hay tanta algarabía que parece día de fiesta.

El sol de medio día aprieta los puños. Un crío se ha caído y tiene sangre en la rodilla. Una esclava sale con un cántaro. Un hombre paga cinco ases para yacer con Appia. Comienza a llover tefra.

lunes 27 de abril de 2009

Días como todos

Mi admirado Jovekovic propuso en su blog elegir 23 palabras bellas para celebrar el Día de las Letras. Yo, como soy un poco desastre, llego algo tarde. Espero que me perdone. Éstas son las elegidas:

Azahar, noray, velamen, zoco, libélula, caléndula, acequia, lira, vaho, élitro, deriva, paladar, azul, pluma, cristal, bahía, zalacaín, girasol, zanzíbar, ronroneo, faz, voz, durazno.

Quiero, desde aquí, felicitarle, y no lo hago porque le hayan publicado un librito maravilloso que ya tengo en mis manos, no. Le felicito por ser un gran poeta y una monumental persona, por tener las manos llenas siempre de palabras hermosas, por desear con fuerza, con energía, con ahínco, que todos seamos mejores, por hacer de la belleza y la honestidad su bandera, su pasaporte, su billete de ida.
Le felicito por todo esto y, bueno, concedo, por ese librito maravilloso cuya genialidad es sorprendente hasta para los que ya nos hacíamos una idea de las grandes cosas de las que es capaz alguien de su talla.

Muchas gracias, Jove, por todo*

jueves 9 de abril de 2009

En la noche

La noche que fue ayer fue de la magia. En la noche hay tambores, y los animales duermen con el olfato abierto como un ojo. No hay nadie en el aire. Las hojas y las plumas se reúnen en las ramas, en el suelo, y alguien las mueve a veces, y callan. Trapos negros, voces negras, espesos y negros silencios, flotan, se arrastran, y la tierra se pone su rostro negro y hace gestos a las estrellas. Cuando pasa el miedo junto a ellos, los corazones golpean fuerte, fuerte, y los ojos advierten que las cosas se mueven eternamente en su mismo lugar. Nadie puede dar un paso en la noche. El que entra con los ojos abiertos en la espesura de la noche, se pierde, es asaltado por la sombra, y nunca se sabrá nada de él, como de aquellos que el mar ha recogido. -Eva, le dijo Adán, despacio, no nos separemos.

Jaime Sabines
Adán y Eva (III)


Adán y Eva
Tamara de Lempicka

sábado 4 de abril de 2009

Inventario

Tengo un vestido de princesa en una caja de cartón. Un bolígrafo-elefante que se da de bruces contra el papel. Unas pilas gastadas. Vinilos que no puedo escuchar. Un diario viejo en el que he escrito dos veces. A medias un sudoku. Varios libros marcados en páginas aleatorias. Un espejo. La imagen repetida y laberíntica de Cortázar. Un saxofón de juguete. "La venus mecánica" en fotocopias. Esencia de jazmín. Lápices de colores. Todas las tiras de Mafalda. Una caja de cristal repleta de gominolas. El María Moliner. La voz de Billie Holiday digitalizada. Una barra de labios. Una tercera edición de "El paraíso perdido". Tres pares de zapatos de tacón. Una pluma sin tinta. Fotos, cables sueltos, anillos de plata, folletos turísticos de lugares a los que no iré.
Y ganas, a veces, de quemarlo todo.

miércoles 1 de abril de 2009

Retrato de familia

El hombre ha pedido Larios y ella se ha sentado en un taburete con las piernas cruzadas y la boca pintada de carmín. Mientras el hielo, ha apoyado ambas manos en la barra y ha girado 180º con la intención de dejar a la vista la espalda y esconder el carmín, los ojos, el piano breve del flequillo.
Entonces Larios, y ella fuma con su mano derecha sujetando el bolso de charol. Su codo izquierdo enraíza en la melamina y su cuerpo se transforma en una suerte de árbol torcido cuyas ramas tienden a seguir el ingenuo impulso al que obliga la gravedad. Fútbol en pantalla plana y Marlboro. ¿Cómo está el crío?, pregunta uno.
El hombre que ha pedido Larios grita fuera de juego.

domingo 29 de marzo de 2009

El tambor calla, y la razón toma la palabra

Quitar a Wellington y a Blücher la fama de Waterloo, ¿es quitar alguna cosa a Inglaterra y a Alemania? No. Ni la ilustre Inglaterra ni la augusta Alemania tienen nada que ver en el problema de Waterloo. Gracias al cielo, los pueblos son grandes sin necesidad de las lúgubres aventuras de la espada. Ni Alemania, ni Francia, ni Inglaterra depende de una espada. En esa época en que Waterloo no es más que un ruido de sables, la Alemania por cima de Blücher tiene a Goethe y la Inglaterra por cima de Wellington tiene a Byron. En la aurora de este vasto sol naciente de ideas, propio de nuestro siglo, tienen un esplendor magnífico Inglaterra y Alemania. Son majestuosas porque piensan. La elevación de nivel que traen a la civilización les es intrínseca, viene de ellas mismas y no de un accidente. Lo que tienen de grandeza en el siglo XIX no reconoce a Waterloo por origen. Sólo los pueblos bárbaros tienen súbitas crecidas después de una victoria. Es la vanidad pasajera de los torrentes henchidos con la borrasca. Los pueblos civilizados, sobre todo en el tiempo en que estamos, ni se rebajan, ni se elevan por la buena o mala fortuna de un capitán. Su peso específico en el género humano resulta de algo más que un combate. Gracias a Dios, su honor, su dignidad, su luz, su genio no son números que pueden poner a la lotería de las batallas esos jugadores que se llaman conquistadores y héroes. A veces una batalla perdida es un progreso conquistado. Cuanta menos gloria, más libertad. El tambor calla, y la razón toma la palabra. Es el juego del gana-pierde. Hablemos, pues, de Waterloo fríamente por ambas partes. Demos al azar lo que es del azar y a Dios lo que es de Dios. ¿Qué fue Waterloo? ¿Una victoria? No. Un escudo de armas.

Escudo ganado por Europa y pagado por Francia.

Los Miserables

Victor Hugo

Como si lo viera

Me da que va a seguir lloviendo y no soy yo.

miércoles 25 de marzo de 2009

En Julio

Has visto,
verdaderamente has visto
la nieve, los astros, los pasos afelpados de la brisa...

Has tocado,

de verdad has tocado

el plato, el pan, la cara de esa mujer que tanto amás...

Has vivido

como un golpe en la frente,

el instante, el jadeo, la caída, la fuga...

Has sabido

con cada poro de la piel,
sabido
que tus ojos, tus manos, tu sexo, tu blando corazón,
había que tirarlos

había que llorarlos

había que inventarlos otra vez.

Para leer en forma interrogativa
Julio Cortázar